Porque y para que.

Porque y para que.

Por Luis Dominguez Sanchez

Yo le quiero contar al mundo las razones porque yo hago estas cosas por Cuba, se que hay muchos que especulan y yo les quiero decir que yo hago esto de corazón y porque yo quiero, a Cuba le dedico mucho tiempo todos los días, nunca me olvidare de las palabras de presidente John Kennedy, (Don’t ask what your country can do for you, Ask what you can do for you country), No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tu puedes hacer por tu país, esa es una de mis razones. Yo antes en mi agenda ponía todos los días la palabra Cuba, para así acordarme todos los días hacer algo por mi patria, con el paso del tiempo eso se ha convertido en costumbre, y ya lo hago de forma automática.

La otra razón es mi familia, mis antepasados derramaron mucha sangre para que Cuba fuera Libre, y si hoy estuvieran vivos, no se creerían lo que a pasado con Cuba.

Cuba nos corresponde a todos, y nosotros los cubanos somos la solución, yo tengo que honrar a mis antepasados y hoy les quiero contar la historia de mi Bisabuelo, Justo Sánchez Peralta, este escrito que les dejo aquí salio del Museo Municipal de Majagua, en Ciego de Avila y mi familia me lo trajo de Cuba.

bisabuelos

Mis Bisabuelos.  El  Coronel del Ejercito Libertador Justo Sanchez Peralta y su esposa Serafina Gonzalez Echemendia, hermana de Emilia Gonzalez Echemendia.

justopicv

Mi Abuelo Juan Sanchez Gonzalez, sus historias dejaron una marca en mi vida. Esta foto suya fue tomada en 1930

coroneljustosanchezk

historiadelcoroneljusto

20 de Mayo, dia de la Independencia

Ayer 20 de Mayo hace ya 107 años, eso fue el 20 de Mayo de 1902, mi abuelo Juan Sánchez y su hermano gemelo José Sánchez fueron los que izaron la primera bandera cubana en el ayuntamiento de Ciego de Ávila, ellos fueron escogidos por ser hijos del héroe de la guerra de independencia cubana el Coronel Justo Sánchez Peralta, ese fue mi bisabuelo materno.

Esto que yo hago aquí en este Blog se lo debo a ellos y por la libertad de los que no tienen voz.

Luis Domínguez

UNA ESQUINA HABANERA……

UNA ESQUINA HABANERA……

 

Es una mañana soleada, ahora mismo ya no tenemos ni siquiera frialdad y mirando afuera ese cielo azul que cubre toda la magnitud de este hermoso país hermano que me ha acogido, recuerdo algunas vivídas en mi querida Habana y pienso cuan distante en el tiempo, no en mi corazón, se encuentra aquella niñez pura y sin malicia que disfruté en los años 40s y 50s.

Nací en una familia humilde, en el conocido barrio El Pilar, que era un barrio de gente buena y decente, que se encontraba en un lugar privilegiado de la ciudad, entre los 4 Caminos y la Esquina de Tejas, vivíamos en la calle San Gregorio, en una casita al costado de la Sociedad del Pilar, un centro recreacional que en aquella época solamente podían ser los hombres del barrio los únicos socios, las mujeres crearon después la Sección Femenina, pero cuando yo nací, aun no existía. Cuando tenía 10 años, nos mudamos apenas unas cuadras más arriba, frente a la iglesia del mismo nombre, en la calle Estévez, donde radicaban ambas instituciones…. de la Sociedad hablaré en otro momento.
Fui la hija No.8 de un matrimonio que eran mayores, y cuando digo así, estoy solamente repitiendo lo que tantas veces oí, pero en realidad mi madre tenía 38 años y mi padre 40, en aquella época, ya se creía tal cosa, hoy en día es todo una conspiración agregar esos adjetivos de “personas mayores” cuando tienen esa edad.

Recuerdo que en la simpleza de nuestras vidas, no había época de vacaciones, ni paseos largos, ni salidas en carro a coger carretera, no teníamos ese medio de transporte, “una máquina”, como le llamaban a los autos, eran solo para una urgencia literalmente hablando y había que conformarse con tomar la guagua o el tranvía, porque si, viví la satisfacción de montar en ellos por las calles de mi Habana, como un gran paseo dominical, ni soñar en aquella época con todo lo que pueden disfrutar nuestros hijos y nietos hoy en día, las computadoras y todo lo actual, era sólo material de ficción de las películas y no muchas por cierto.

Recuerdo que los domingos, era el día de los frijoles negros y el pedacito de pollo; si, el pedacito, no había una porción mayor y gracias que aunque fuera el domingo podíamos empatarnos con él, pero con qué gusto lo comíamos después de aquel baño que era también el día que no podía faltar el lavado de cabeza y el corte de uñas……que tiempos aquellos cuando las películas mexicanas vivían su época de oro en el cine latinoamericano, cuando en las tardes, el obligado estreno de la cadena de cines 4 Caminos, Santos Suárez y otros dos más que no recuerdo ahora sus nombres, era el punto de concentración de los jóvenes y los no tantos, a disfrutar de Pedro Infante, Jorge Negrete, Libertad Lamarque, Sarita Montiel, Lola Flores y tantos artistas mexicanos y españoles que cubrieron de magia la pantalla grande y a nosotros de historias de amor, de machos y pistolas, y de canciones que han pasado a la historia musical de todos los tiempos.

Recuerdo que uno de los paseos favoritos era ir a caminar por la calle Monte, a eso, al menos en el círculo de las amistades de mi barrio, se le llamaba, “ir a ver las vidrieras”; allí radicaban todo tipo de tiendas con grandes vidrieras iluminadas que mostraban al público transeúnte la mercancía que podrían encontrar adentro, las zapaterías exhibían todo tipo de calzado, para toda la familia, de los colores y estilos de moda, las de ropa igualmente, ferreterías, restaurantes, en fin, el recorrido lo estoy viviendo ahora como cuando tenía 8 ó 10 años, cierro los ojos y puedo ver las calles y hasta las casas con sus vecinos asomados a las puertas y los niños jugando en la calle o patinando o montando bicicleta alquilada, pero disfrutando de la fresca brisa en el atardecer dominguero.
La ida al cine era el paseo obligado del anochecer, nos pasábamos la semana esperando para ver a nuestros ídolos cantarnos a cara llena en aquella pantalla que nos esperaba para vernos disfrutar con lo que nos brindaba, la que nos regaló tantos momentos de sueños e ilusiones de vernos convertidas algún día en protagonistas de alguna historia de amor.
Fueron años de vivencias inolvidables, con muy pocos cambios en esa rutina que nos hacía felices cuando esperábamos que llegara el domingo para poder ver completa, la película que el domingo anterior nos habían mostrados los pedacitos de avances para mantener la ilusión durante la semana y no dejar de acudir al nuevo estreno de la cadena.

Salíamos por la calle Estévez abajo, pasábamos delante de la Sociedad del Pilar caminábamos 4 largas cuadras buscando la Calzada de Monte, allí doblábamos a la izquierda y nos esperaban otras 3 cuadras por los portales frente al Mercado Único, un enorme edificio de sólo dos pisos de puntal muy, pero muy alto, (así lo veía yo) cuando caminaba de la mano de mi madre por entre todas las tarimas llenas de viandas, frutas, aves, expendios de ropa, billeteros que pregonaban que allí estaba su suerte en la lotería nacional, o cuando tenía que taparme la nariz porque el olor a pescado, aunque fresco, me daba repulsión.  Era un edificio cuadrado completamente que cubría toda la manzana entre las Calzada de Monte y Cristina y las calles de Matadero y Arroyo, ese era el centro de abasto de todos los pequeños comerciantes que buscaban allí su mercancía para ganarse el pan nuestro de cada día,…sigo mi recorrido mental….. llegábamos a la droguería Sarrá, una sucursal de la casa matriz que estaba en La Habana Vieja, se encontraba en una parte de los grandes portalones donde tenía un nivel más alto que la acera y había que subir en ese tramo varios escalones y después bajarlo al llegar a la otra calle; no fueron pocas las veces que el ir sonseando, por no decir otra cosa, tropezaba y caía dándome buenos canillazos que me dejaban sendos moretones…  de ahí pasábamos por delante del cine Esmeralda, que exhibían películas “no tan buenas”, un cine de medio pelo que frecuentaban mucho los camioneros y expendedores del mercado cuando este no estaba funcionando, cine para dormir unos y para espabilarse otros….bueno, la llegada a los Cuatro Caminos, era todo un acontecer; el tráfico, las guaguas llenas, los caminantes y borrachines que perdían tiempo y dinero en los bares y cafetines que había en cada esquina, recuerdo que en una de ellas estaba el café “Los Parados”, en la otra, por donde primero debíamos pasar, trabajaba mi hermano, que se llamaba “Cuba Moderna” e.p.d., los dos, mi hermano y el café; era una esquina donde Belascoaín terminaba y comenzaba Cristina, cruzándose con la Calzada de Monte que venía desde el Parque Central hasta la esquina de Tejas donde terminaba para convertirse en la Calzada del Cerro.

Bueno, después de cruzar la calle Belascoaín, evadiendo todo el ir y venir del tráfico de la hora, muchas veces había que esperar para poder sacar las entradas porque aun no se había terminado la función de la tarde y el cine estaba lleno, muchas personas entraban temprano antes que terminara la matinée y poder “empatar” la película, por ende, si les gustaba, pues se quedaban a terminarla después del empate y no daban paso a los que llegábamos a la función de la noche.
La matinée (0.30) siempre era más barata que la tanda (0.40) y la noche, (0.60) igual que el balcony, también era más barato que la planta baja, aunque había que sentarse o muy delante, o muy detrás, pero tratar de nunca sentarse en la línea que coincidía con el balcony, porque nadie podía garantizar que no te cayera un escupitajo o la colilla de un cigarro en la cabeza.

Allí solía haber muchachones con sus bandejas de madera vendiendo los chicles, los famosos “peters” de chocolate, las riquísimas cremitas de leche y te traían la coca cola de botellita chiquita, que costaba sólo “un medio” (0.05), para los cubiches de verdad, de ahí salió el conocido chiste del vendedor con sus “chicharritas, chicharrones, mariquitas….papitas fritas”.

Fueron años de una niñez y adolescencia donde los pobres podían disfrutar sanamente de una distracción amena sin poner en peligro la integridad, donde no estaba en juego la moral ni la decencia en un espectáculo familiar y lleno de música y romance, aunque algunos melodramas hicieran llorar a las más viejas y salían del cine sonándose los mocos sin ningún pudor.

Este recuento es para hacerles revivir una época que imagino que muchos compartirán, casi segura que en cualquier parte de alguna ciudad se repitieron esa mismas escenas, con distintos barrios, cines y calles, pero puede que no todos hayan podido volver y traer consigo fotos de esos lugares, que distan mucho de ser las fotografías mentales que se guardan de la niñez.

Yo si volví hace algunos años ya, caminé por las calles, mis calles, donde lloré porque casi no reconocí aquellos lugares donde pasé tantos días felices y tomé fotos como testimonio de una cruel realidad, de un destrucción cual si una bomba en tiempo de guerra hubiera acabado con todo lo que existía, tratando de borrar cuanto sentimiento se pudiera guardar de aquellos tiempos, para dar paso a la desolación y el abandono.

Aquí le van unas escenas de ese recorrido, no son muchas, pero lo suficiente para que después de ubicarlos en mi espacio a los que conocieron el lugar, y a los que no,  que se lo puedan imaginar, es la comparación del antes y el después fatídico.

 

CONTINUARÁ……

 

 

Este escrito me lo manda una de las participantes en el foro SecretosCuba, ella se llama Yucateca, y le doy las gracias de todo corazon por este escrito.