Orestes o un cubano de a pie. Revelacion (II)

 

Revelacion (I) 

Revelacion (II)

Fue una de esas mañanas de febrero, con el itinerario marcado para proveerme de comida (viandas y tomate o pepino), recorriendo, sin que me decidiera a gastar mis escasos ahorros en lo exhibido en las sucias y empobrecidas tarimas del único Agro salvado con sus vendedores de aspecto de filibusteros consagrados, que escuché del suceso referente al hecho relacionado con el asesinato de un cura, asi decían. A mi mente vino rápidamente, por alguna extraña coincidencia, la imagen de Olallo.  

 Oí diferentes versiones en mi recorrido a una tarima clandestina cerca del mismo Agro. El Sol, a pesar de la supuesta etapa invernal, era intenso; las calles impetuosas por sus churres y heridas, el ambiente pobre y miserable; la arquitectura antigua en trozos, ya no se apreciaba solo transformada para mal, estaba masivamente dañada, mutilada, horrible…, las personas quejosas y lo increíble era que se quejaban no por lo habitual. Imperaba algo nuevo. ¡Habían matado a un cura!

 Sin querer fui objeto de la ignorancia cultural a la que me obligaron de niño. Determinaba mi afán por conseguir lo que  comeríamos en casa. Con un gesto anulé la importancia a un cura muerto de este mí tiempo y volvía a condolerme por la desaparición física de uno de la etapa colonial por lo que de historia llevaba implícito el hecho. Me concentré en el rastro del sustento.  Recordé, en cola ya, para adquirir dos libras de boniato, dos de tomate y una de pepino, que parte de la estrategia gubernamental era mostrar la vida y la obra de los hombres cuando estos morían para que ningún vivo ensombreciera la imagen de los líderes del presente. Ello me hizo rebelarme de cierto modo, agucé los sentidos. Los comentarios por la novedad volvieron a impactar en mis oídos. En la tarima escondida se dijo que era que él (el cura) se dedicaba a traficar con paquetería que mandaban del exterior, que como tenía un carro y cierta inmunidad por ser funcionario de la Iglesia se encargaba de recoger paquetes y equipos de música en el Aeropuerto para repartirlos por dinero a personas relacionadas con su parroquia, que lo acecharon y para robarle lo aniquilaron. Después escuché más, algo más delicado, que el Cura era miembro de un grupúsculo de disidentes, que introducía al país radiecitos, técnica sofisticada y material de lectura para divulgación y propaganda enemiga y que lo ajusticiaron en una pelea cuando le achacaron que se estaba quedando con parte de la carga para revenderla mas tarde. Otras versiones llegaron a mis oídos ya en regreso a mi casa. Decían que él tenía una banda de intermediarios y que en un encuentro con estos le dieron muerte, que fue cosa entre bandidos y que le tocó pagar con su vida.

 Los comentarios iban y venían y hasta fuera del vecindario se suscitaban. En donde yo trabajaba se comentó que era homosexual, que lo mato su pareja por cuestiones de celos. Lo de ser un transportador volvieron a decirlo, pero esta vez que había dado botella a unos individuos y que estos al ver su carga y de donde venía lo golpearon hasta matarlo desfigurándolo y quemando su auto.

 Una amiga de mi mujer, en el cumpleaños de nuestra hija, comunicó que al cura lo violaron además, que era gay, y que eso era totalmente cierto pues la información se la dio un primo que era oficial de la seguridad y participante en las investigaciones. Yo no pude aguantar mas…, detuve el dialogo y expresé que era mentira, una cruel y destructiva mentira, que lo que querían era buscar el desprestigio.

 Reconozco que no tenía cómo proveerme suficiente información, pero me bastó lo que encontré en los días previos al 27 de Marzo, en los que con muchisimo esfuerzo ayudé a preparar el modesto cumpleaños a mi hija. Yo estaba molesto por lo que creía era una infamia y le pregunté a la vecina de la revista. Ella estaba dolida, pero solo por mi interés me dijo que preguntara por ahí, que buscara las respuestas entre los que cientos que asistían para escuchar a Eduardo, que después de eso me diría.

 Como mismo escuché comentarios adversos del cura, también supe de otros que me conmovieron una vez me propuse conocer mas, pues conocí a jóvenes, a otros jóvenes, de esos que aún quedan sanos y no están perdidos por las  manifestaciones groseras, los vicios y la baja moral. De varios de esos, a los que supe asistentes a Iglesias, oí comentar con aflicción del asunto. Una muchachita rubia, humilde, pero cuidadosa de su vestir y de sus modales, tanto que me pareció extraterrestre, hablaba con otras dos de la muerte del cura, lo llamaba Eduardo con tono amable y pude distinguir una leve sonrisa al decir su nombre. Tal cosa me sorprendió y me hizo preguntarle por qué su sonrisa. Ella, sin temor a mi acercamiento, respondió tranquilamente que él se ocupó siempre de enseñar la felicidad y de alejar la tristeza. De la que estaba a su lado acerté a ver lo cierto de sus palabras. Esta como la tercera, asentían con serenidad.

 En una casa de conocidos encontré consternación y me impactó verla acrecentada en dos niñas pequeñas. La abuela explicó compungida que el motivo era la tragedia de Eduardo, que asi se hallaban otros niños de la barriada.

Adolfo, uno que trabajaba como mecánico para ganarse la vida, abatido, me confesó que la pérdida de un cura como Eduardo significaba un desgarrón para él y para su familia, incluidos sus tres hijos, que ya necesitaba asistir los  domingos a su Iglesia para verlo hablarle a él y a todos y que le debía, a Eduardo, el haberle quitado el deseo de beber y emborracharse hasta caer.

 De cosas asi me enteré; de ex convictos que sentían alivio cuando asistían a su misa; de mujeres maltratadas que con Eduardo, por su palabra amable y sus conceptos y definiciones, volvieron a ver al hombre como hombre y no como bestia; de hombres que se sintieron perdidos y que por sus palabras hallaron la fe y el camino claro. De enfermos que recibieron sus inspecciones ya bien para comprobar si tomaban como era lo medicamentoso o bien para comprobar si incluían en sus jornadas de descansos los rezos por el bien y la aceptación de la confianza en las curas.   Supe de adolescentes entristecidos con sinceridad delante del hecho, que contaban como Eduardo logró aglutinarlos en un grupo parroquial, alegaban que era él entusiasta, activo, un hombre con facil acercamiento y confiable, respetuoso y dado a lo popular. De ancianos que me comentaron que algo, como arrebatarles a Padre del Barrio era monstruoso y que solo podían enfrentarlo porque él, Eduardo, los había alegrado tanto con celebraciones y encuentros,  y advertido tanto de los males que existían, que los había fortalecido justamente cuando se consideraban perdidos. Llegué a gente que me relataron de viajes de Eduardo cuando pasaba con su carro por las paradas de guaguas repletas, con personas desesperadas y permitía que algunas entraran a su auto. Las movía fuera del reparto y luego volvía por otras y eso lo hacía varias veces en las mañanas o en las tardes, cuando la gente iba a otros lugares y cuando la gente volvía al barrio.

Continua

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