Orestes o un cubano de a pie. Revelacion (III)

Revelacion (III y Final)

Palabras como “Incansable, caritativo, entusiasta, noble, imaginativo, bueno, bromista, increíble” me las señalaron de él mientras pregunté y todas las personas que me las aportaron se las sacaron de las almas unidas a lágrimas y ademanes motivados por el dolor de la perdida real. Encontré una diferencia entre estas personas y las otras que solo pronunciaron oprobios sin sentimiento dejándose llevar por el rumor o quien sabe por qué; sin embargo a esas no era para odiarlas porque, como me diría esa vecina mía, la de la revista, uno como Eduardo les hubiera lavado las impurezas, las hubiera descontaminado si le hubieran dado tiempo.

En este mundo nuestro, que parece estar a punto de estallar, se me ocurre pensar, no se aprecia solución exacta si miramos profundo; no se vislumbran resultados sensatos y todo luce apocado, dosificado, o conveniente según importa a los grupos de poder, a los extremos que juegan mas bien a la pugna. Lo virtuoso, lo específico, la razón y lo prudente, parece estar contaminado… Se advierten a las instituciones, a los movimientos y a los inteligentes, titubear a la hora de las exigencias, como si temieran, en uno de los lados, lastimar a los poderosos; en el otro, bajo las estructuras que sofocan a los hombres y los esclavizan idiotizándolos en masa compacta, languidecen las pasiones y esos organismos, que debieran servir, enmudecen y se tornan crueles cómplices de la devoción por el mando absoluto. Se pierde por tanto, donde quiera llega a sentirse la belleza de lo puro, donde algunos creyeron hallar el posible camino de la redención, la fe en la esperanza. ¿A quién le toca pues exponer con sinceridad la fe, hacerla alzar, mantenerla entonces en un mundo que parece negarla? ¡A quienes actúan con ella, a quien la defiende, a quien la hace ondear exponiéndose sincero, siendo sincero, liderando según su obra salvadora y exponiéndose tal cual líder innegable! ¡En ese lugar maravilloso estaba Eduardo! ¡No existen dudas!

Entonces, del preguntar en la calle extraje más que información, extraje además un convencimiento. Supe que la historia, en este caso la de mi país, era tan rica en el pasado como en el presente y eso igualmente gracias a hombres como Olallo y Eduardo. Porque si había mérito en uno como Olallo también lo tenía uno como Eduardo de la Fuente Serrano y sería injusto no otorgarle la importancia debida a este otro misionero que supo aplatanarse y cosechar amor y esperanza, seguridad y fe y que como otros hombres santos ofrendó hasta su vida, su tiempo, alimentó almas y fortaleció espíritus. Ante mi vecina estuve, pues, con un convencimiento, como dije…, estaba convencido que Eduardo de la Fuente hubiese sabido comprender hasta a su propio verdugo y “si le hubiera dado tiempo” lo hubiera contenido.

-Y sin imposiciones…, lo hubiera hecho sin ellas -añadió ella firme, pero con lágrimas en sus ojos y sus manos expuestas al cielo-. Si, sin ellas, porque él era asi, franco, directo, amigo y sin imponerse lograba mucho con la gente que deseaba a toda costa ser buena… aunque el mal… los empujara. Eduardo sabía sacar lo mas puro de cuanto ser buscara la ayuda para cambiar, para ser bueno, para ser mejor…

Ella misma me contó que el fin del año lo pasó con sus parientes, que jugó dominó y que tomó dos traguitos, que no quiso más y que si se rió y divirtió bastante. Que allí le aconsejaron no ser tan bueno, que la maldad imperaba, que no diera tanta “botella” a todos, pero que él solo reía y decía con sus formas y maneras de buen español que daban gracia: “¡Vamos, hombre…, que hay que saber ser bueno en la vida!”

-Tal vez por eso lo mataron…, quizás fue por eso, por ser demasiado bueno… -dije cuando pensaba realmente en otra cosa, en algo mas grave, mas delicado, tanto asi que no me atreví a decírselo, sin embargo la miré perturbado.

Ella, sin tiempo para pensar mucho, sin pausa alguna, me soltó de golpe y con algo de disgusto:

-No lo mataron… ¡A Eduardo lo callaron!

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